Divertirse No Es Un Pecado
RIP Benedict, you would have hated the modern world
En el instante en que Eva mordió la manzana, la humanidad estaría destinada al pecado, o el infierno se creó, o algo así. Incluso en el paraíso, divertirse demasiado significaba irresponsabilidad, poca voluntad y un futuro truncado.
Este discurso, aunque ha cambiado de forma, se mantiene inalterable en su esencia. La diversión no se considera un pecado capital, pero sí es la archienemiga de un concepto todavía más temido, la productividad.
Incluso en la era victoriana, una vida dedicada al arte, al ocio y al placer, era considerada un desvío y un despropósito monumental. Que se lo digan a Benedict, que, aunque como segundo hijo, su destino productivo consistiera en convertir a una suitable lady en su esposa, el patrón social no difería demasiado del de hoy.
Y, sin embargo, la realidad contemporánea resquebraja este relato meritocrático. En una sociedad marcada por la precariedad laboral, la desigualdad estructural y la magnitud de los conflictos internacionales, y que, paradójicamente, está obsesionada con la hiperproductividad, se evidencia la fragilidad del orden global. De pronto, la moralización del ocio suena hueca y surge la pregunta de si es realmente irresponsable disfrutar del presente cuando el porvenir parece una promesa cada vez más abstracta.
Los datos sobre salud mental juvenil añaden otra capa a la reflexión. Las tasas de ansiedad, depresión y suicidio han aumentado en las últimas décadas y más que sorpresa, generan reconocimiento y una sensación de desorientación que es compartida por todos. No es extraño que una generación sin referencias claras sienta la necesidad de escapar, desconectar y, a la vez, reconectarse consigo misma. De poner los pies en la tierra y relativizar los problemas estructurales, ya sea a través del arte, la fiesta o la indulgencia.
Esta reacción no es nueva, tras el periodo de guerras del siglo XVIII, el arte europeo se caracteriza por una exaltación de lo humano y una renovada obsesión por el cuerpo, lo bello y lo vivo. Y después de la Primera Guerra Mundial y de la gripe de 1918, llegaron los Roaring Twenties, que describe a gente con una gran urgencia de salir, celebrar y vivir. En The Great Gatsby de F. Scott Fitzgerald, por ejemplo, las fiestas convivían con una profunda sensación de vacío, porque todo ese hedonismo era una respuesta a la conciencia reciente del desastre.
Esto parecería lo obvio después del Covid, sin embargo, la reacción fue más ambigua. Un deseo inicial de recuperar lo perdido se vio eclipsado por una especie de cautela colectiva. La moda ofrecía ropa cómoda, las relaciones sociales se volvieron contenidas y, en las redes sociales, se extendían arquetipos donde incluso el descanso parecía tener que justificarse o monetizarse. Así, de repente, la salud sustituyó a la diversión y se convirtió en el nuevo pilar de la vida.
Esta bruma de realidad se refleja en el arte, la cultura también en la moda. La tendencia post-covid no fue un estallido de glamour, sino un giro hacia la comodidad y la introspección. El auge del loungewear, el cottagecore, el lujo silencioso y el minimalismo japonés susurran un deseo de refugio y control y sin embargo, debajo de esta contención, se puede ver el anhelo latente por el placer y la pasión.
No es que la gente se tenga que volver “irresponsable” de repente, pero cuando el mundo demuestra que se puede romper en cualquier momento, la idea de aplazar la vida parece convertirse en el verdadero pecado.





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